MI CIUDAD IDEAL
En mi ciudad ideal la igualdad de género es
una realidad, proviene de aquella en la que las sufragistas británicas consiguieron
el derecho al voto para la mujer en 1918, cuando en el parlamento había voces
que decían que “por su naturaleza una mujer está tan incapacitada
para votar como un conejo”. Proviene de aquella en la que una diseñadora
comenzó a usar pantalones en su vida cotidiana, como rebeldía a una ropa que
obligaba a las mujeres a usar prendas incómodas y abalorios molestos. Ella fue
Coco Channel. Proviene de aquella en la que en un país como España, en la
década de los 70, la ley se modificó para que las mujeres pudieran vender sus
propiedades, sin necesidad de la autorización de sus maridos. Eran nuestras
abuelas.
En mi ciudad ideal ya no tenemos miedo cuando
vamos solas por la calle, ni tenemos que mirar hacia atrás cuando oímos pasos,
podemos volver de una fiesta felices, sin temor a que nos ocurra algo de camino
a casa. No tenemos que llevar spray de pimienta en el bolso, ni objetos para
defendernos de un ataque solo por el hecho de ser mujeres. Porque entre todos, hemos
conseguido apartar de la sociedad aquellos hombres que nos veían como objetos y
en ese logro, hombres y mujeres hemos trabajado juntos.
Tampoco hay diferencias en los ámbitos
laborales, podemos acceder a cualquier puesto de trabajo, tener el mismo sueldo
que el compañero que realiza la misma función (en el 2019 las mujeres cobran un
15% menos. Se calcula que tendrían que pasar 70 años para eliminar estas diferencias).
En mi ciudad ideal también ocupamos puestos
de dirección según nuestra valía, no según nuestro género. (Solo un 9% de las
mujeres que trabajan ocupan un cargo directivo). Nadie se cuestiona no
contratarnos porque en algún momento puedas quedarte embarazada, o necesites
cuidar de tus hijos.
En mi ciudad ideal la ética y la estética
hablan solo de personas. Ni siquiera las modas nos incitan a estar siempre
perfectas. En una perfección que pasa por delgadeces extremas, cuerpos
imposibles, maquillajes para gustar al mundo, -no a una misma-, tacones que
hacen daño, tallas que no se corresponden con la realidad.
Hombres y mujeres podremos ser diferentes,
pero no intelectualmente, somos complementarios, seres humanos en definitiva y
después de una lucha pacífica de 300 años, entre todos y juntos lograremos mi
ciudad ideal.

