Ángel Valente, Rapsodia vigesimosegunda
Antínoo, hijo
de Eupites, había caído del alto gorgorito de su estupidez muerte abajo. Qué
hermoso pareciera vivo a los necios. Muerto, reveló la entera luz de su
naturaleza: era un cerdo sangriento. La lengua se le vino para afuera de la
boca, espesa y sucia. Cayó contra su espalda, ebrio de vacío. Los pretendientes
revolotearon en un desbarajuste de mesas volteadas y manjares caídos. De las
cráteras rotas corrió rojo y hostil el vino airado.
—Gracias, oh
dioses, por haberme hecho capaz de la venganza y de la cólera —dijo el héroe.
Después dio un largo, increíble berrido que se prolongó infinitamente, igual
que si saliese de una cueva sin fondo. Apoyado en firme sobre su propio cuerpo,
flexionó las rodillas con las piernas abiertas y comenzó a batir los muslos
poderosos.
—Os voy a joder
vivos —dijo en su hermosa lengua el celeste Odiseo.
Algunos de los
predifuntos vomitaron de horror y el aire se llenó de un olor agrio. Los demás
recularon como marea loca. Mas fue en vano, pues ya no tuvo tregua la matanza.
Los cadáveres se amontonaban sin rigor, sin espacio bastante para caer, sin
hora ni ocasión para decir palabra memorable. Alguno de los de abajo, aún no
acabado, se sacudía cada poco con el hipo horrendo de la muerte y hacía
retemblar el entero montón de cuerpos desinflados.
Ya el cabrero
Melantio, mesturero follón que acarreara lanzas y yelmos para los
pretendientes, pateaba colgado de una viga con el cuerpo torcido, gritando sin
esperanza, pues muy pronto sus miembros iban a ser despedazados por el héroe,
que dio luego a los perros sus narices y orejas, los enrojecidos testículos y
el falo tembloroso.
Leodes, el
arúspice, que había echado suertes falseadas, bien conoció la suya en esta
hora, pues su cabeza quedó sola en el aire, segada con precisión de un solo tajo
y mientras aún hablaba. Oh cabeza locuaz, nadie pudo llorarte.
A gatas, entre
el sudor de la venganza y el humo de la sangre, llegó al fin hasta el héroe Femio
Terpíada, el aedo. Venía con la lira sobre el pecho, a modo de protección o de
escudo irrisorio, gimiendo como hembra paridera.
—Ah tú,
heroico vate —dijo Odiseo, tentándole el pescuezo con mano carnicera.
Pero el poeta
cayó de golpe al polvo, sacudido por las convulsiones del miedo. El héroe rio
con ferocidad rayana en la ternura.
—No quieras
degollarme —dijo Femio con voz casi ilegible—. Canté a los pretendientes,
obligado por la necesidad, la canción que un dios me inspiraba. Los tiempos son
difíciles y quién iba a pensar que tú vendrías. Así que tuve necesidad de pan,
de un puesto, de un pequeño prestigio entre los otros, de modestos viajes por
provincias. Pero aun así he de decirte que gusté la prisión por lealtad a ti,
si bien fue solo en los primeros tiempos. Después los dioses me engañaron, pues
ellos hacen la canción y la deshacen y ponen hoy al hombre en un lugar y soplan
otro día y lo destruyen. No quieras tú quitar la vida a quien nada tiene de sí,
pues ni siquiera la canción es suya.
Así habló el
aedo, mercenario de dioses y de hombres, y Telémaco que asistía a su padre en
la matanza, pero conocía mejor la desdichada suerte de la lírica en los años
siguientes a la guerra de Troya, intervino en favor del poeta caído.
Así salvó el
Terpíada lira y pelleja, con la indignidad propia de una especie en la que,
gratuito, un dios pone a veces el canto.
Odiseo y Telémaco
azufraban la casa y encendían el fuego. Las esclavas oían temblorosas las órdenes
del amo, apretujadas unas contra otras como tibias becerras. El poeta, sentado
aún sobre un charco de sangre, pulsó al azar la lira. Se oyó un sonido tenue,
tenaz e inútil, que quedó en el aire, solo y perdido, como un pájaro ciego.
(De José Ángel Valente,
El fin de la edad de plata, 1973)
José Ángel
Valente, además de dejar una de las obras en verso más consistentes de la
segunda mitad del siglo XX, es uno de los autores de su época que cultivó con
más profusión y acierto el poema en prosa, destacando su contribución a la
historia del poema en prosa español. Es a partir de 1970 cuando Valente empieza
a incluir algunos textos en prosa en sus libros en verso. Uno de ellos es el
libro titulado El fin de la edad de plata
(1973), de donde he entresacado el poema Rapsodia
decimosegunda.
El poema hace
referencia al canto XXII de la Odisea,
de Homero, donde Odiseo se venga de los distintos pretendientes que asedian el reino a su regreso a Itaca. El
tema del poema es la venganza. En él Antínoo, jefe de los pretendientes, se
encuentra bebiendo cuando Odiseo le atraviesa la garganta con una lanza y le da
así muerte. Ante las quejas de los demás, Odiseo responde con amenazadoras
palabras, y los pretendientes temen por sus vidas. Se inicia la feroz lucha,
con los numerosos pretendientes por un lado y Odiseo, su hijo y sus dos fieles
criados por otro. Melantio, infiel cabrero de Odiseo, consigue armas, pero
gracias a la ayuda de Atenea, todos aquellos que traicionaron a Odiseo van
muriendo uno por uno. Las esclavas son colgadas del cuello en el patio del
palacio, mientras que Melantio es cortado en pedazos para que se lo coman los
perros. Odiseo manda a Euriclea que haga fuego y limpie el patio con azufre. La
esclava avisa a las mujeres que fueron fieles al héroe, que llegan y abrazan a
su amo.
En cuanto al
estilo, la ironía y el sarcasmo adornan el poema en el que las referencias
objetivas se dirigen a hechos y personajes relacionados con el poder. También
cabe destacar la tendencia de Valente a presentarnos el lado más oscuro de la
realidad humana: «La tonalidad oscura, la falta de decoro, la vuelta del revés
son los caminos para mostrarnos lo grotesco, lo falso, lo sórdido, lo infecundo
y lo miserable que caracteriza al humano existir» (González-Marín, 1994: 19).

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