sábado, 16 de marzo de 2019

Relación de la Literatura Renacentista con otras manifestaciones artísticas



      Siempre me he preguntado de dónde procede la falacia de que la poesía es solamente de temática amorosa, puesto que cada vez que menciono cuánto me gusta este género, no falta la afirmación: Ah, no sabía que te gustaban los poemas de amor. A decir verdad, prefiero otros temas. Sin embargo, creo haber encontrado la respuesta: el Renacimiento. Cabe la posibilidad, al menos según mis razonamientos, de que esas convicciones provengan de Petrarca y sus posteriores imitadores.



      Al principio tuve alguna dificultad para encontrar un vínculo directo entre la lírica petrarquista y un autor actual, ya que solo venían a mi mente resquicios de poemas aislados o argumentos relacionados con la imagen, por ejemplo, de la mujer, ligada durante mucho tiempo a la cualidad de perfección de la donna angelicata. No obstante, satisfice mis deseos al hallar El rayo que no cesa, de Miguel Hernández.
Miguel Hernández



      Creo conveniente comparar las obras completas en lugar de dos poemas aislados, puesto que ambas presentan una estructura marcada. Las semejanzas son bastante más numerosas que las diferencias:

       En primer lugar, tanto el Canzoniere como el poemario del oriolano están dedicados a una sola mujer anónima, ya que Petrarca no llama a Laura por su nombre.

      En segundo lugar, Miguel Hernández escribe a la manera del italiano en tanto que presenta sonetos que siguen su esquema métrico (11A-11B-11B-11A / 11A-11B-11B-11A / 11C-11D-11E / 11C-11D-11E), a excepción de tres composiciones: nueve cuartetas, que funcionan como introducción; una silva, que marca el clímax, y la elegía a su amigo Ramón Sijé, que hace de remache. Esto puede distanciarlo, en apariencia, de Petrarca, pero hace el efecto contrario, ya que en el Cancionero existen focos ajenos a la temática amorosa. En efecto, las dos obras forman una suerte de libro-poema, una historia lírica, que me recuerda a La voz a ti debida, de Pedro Salinas.

      Finalmente, para mí lo más llamativo, hay bastantes analogías entre la concepción del amor de Petrarca y la de Hernández. Por un lado, el amor como llama, incandescente  (De un bello, claro, pulcro y vivo hielo/ viene la llama en la que estoy ardiendo y Todo el cuerpo me huele a recién hecho/ por el jugoso fuego que lo inflama). Por otro lado, la concepción del amante y de la amada: él sufre por ese sentimiento, siendo la única salvación la muerte física y ella, a través de sus ojos, lo ilumina todo. (Descansar de esta labor/ de huracán, amor o infierno/no es posible, y el dolor hará mi pesar eterno y ¿Qué piensas, alma?, /¿habrá paz o batalla?/ ¿habrá tregua?, /¿o será el guerrear eterno?).
Franceso Petrarca
Además, aparecen imágenes del enamorado que llora o que es náufrago (Esto entre olas yo siento/ de amargo llanto; que el escollo amado/ con su orgullo ha llevado/ al naufragio a mi vida ya marchita y Como el mar de la playa a las arenas,/ voy en este naufragio de vaivenes). Por último, Miguel Hernández describe a su amada siguiendo el modelo de la donna angelicata: casta, de piel blanca y adorada, pero a la vez fría, distante, dura o indiferente (Tu corazón, una naranja helada/ Mi corazón, una febril granada). Por esta razón, abundan las antítesis, ya que representan la búsqueda renacentista del equilibrio.



      En otro orden de cosas, cabe mencionar dos diferencias: en primer término, el Cancionero presenta numerosas referencias mitológicas, que no se ven en El rayo que no cesa;
El rayo que no cesa
en segundo término, el oriolano rompe con la tradición petrarquista en el momento en que hace alusión a la pasión erótica y exalta el cuerpo como modo de disfrutar del amor.



      Para concluir, podemos afirmar que Miguel Hernández aporta una visión actualizada del Canzoniere y pone de manifiesto su conocimiento de los clásicos, gracias a sus innumerables lecturas, que combatieron contra su humilde origen y los deseos de su padre.

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