Siempre me he preguntado de dónde procede la falacia de que
la poesía es solamente de temática amorosa, puesto que cada vez que menciono
cuánto me gusta este género, no falta la afirmación: Ah, no sabía que te gustaban los poemas de amor. A decir verdad,
prefiero otros temas. Sin embargo, creo haber encontrado la respuesta: el
Renacimiento. Cabe la posibilidad, al menos según mis razonamientos, de que
esas convicciones provengan de Petrarca y sus posteriores imitadores.
Al principio tuve alguna dificultad para encontrar un vínculo
directo entre la lírica petrarquista y un autor actual, ya que solo venían a mi
mente resquicios de poemas aislados o argumentos relacionados con la imagen,
por ejemplo, de la mujer, ligada durante mucho tiempo a la cualidad de
perfección de la donna angelicata. No
obstante, satisfice mis deseos al hallar El rayo que no cesa, de Miguel Hernández.
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| Miguel Hernández |
Creo conveniente comparar las obras completas en lugar de dos
poemas aislados, puesto que ambas presentan una estructura marcada. Las
semejanzas son bastante más numerosas que las diferencias:
En primer lugar, tanto el Canzoniere
como el poemario del oriolano están dedicados a una sola mujer anónima, ya que
Petrarca no llama a Laura por su nombre.
En segundo lugar, Miguel Hernández escribe a la manera del
italiano en tanto que presenta sonetos que siguen su esquema métrico (11A-11B-11B-11A
/ 11A-11B-11B-11A / 11C-11D-11E / 11C-11D-11E), a excepción de tres
composiciones: nueve cuartetas, que funcionan como introducción; una silva, que
marca el clímax, y la elegía a su amigo Ramón Sijé, que hace de remache. Esto
puede distanciarlo, en apariencia, de Petrarca, pero hace el efecto contrario,
ya que en el Cancionero existen focos
ajenos a la temática amorosa. En efecto, las dos obras forman una suerte de
libro-poema, una historia lírica, que me recuerda a La voz a ti debida, de Pedro Salinas.
Finalmente, para mí lo más llamativo, hay bastantes analogías
entre la concepción del amor de Petrarca y la de
Hernández. Por un lado, el amor como llama,
incandescente (De un bello, claro, pulcro y
vivo hielo/ viene la llama en la que estoy ardiendo y Todo el cuerpo
me huele a recién hecho/ por el jugoso fuego que lo inflama). Por
otro lado, la concepción del amante y de la amada: él sufre por ese
sentimiento, siendo la única salvación la muerte física y ella, a través de sus
ojos, lo ilumina todo. (Descansar de esta labor/ de huracán, amor o infierno/no
es posible, y el dolor hará mi pesar eterno
y ¿Qué
piensas, alma?, /¿habrá paz o batalla?/ ¿habrá tregua?, /¿o será el guerrear
eterno?).
Además, aparecen imágenes del enamorado que llora o que es
náufrago (Esto
entre olas yo siento/ de amargo llanto; que el escollo amado/ con su orgullo ha
llevado/ al naufragio a mi vida ya marchita y Como
el mar de la playa a las arenas,/ voy en este naufragio de vaivenes).
Por último, Miguel Hernández describe a su amada siguiendo el modelo de la donna angelicata: casta, de piel blanca y adorada, pero a la vez fría, distante,
dura o indiferente (Tu corazón, una naranja helada/ Mi corazón, una febril granada).
Por esta razón, abundan las antítesis, ya que representan la búsqueda
renacentista del equilibrio.
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| Franceso Petrarca |
En otro orden
de cosas, cabe mencionar dos diferencias: en primer término, el Cancionero presenta numerosas referencias
mitológicas, que no se ven en El rayo que
no cesa;
en segundo término, el oriolano rompe con la tradición
petrarquista en el momento en que hace alusión a la pasión erótica y exalta el
cuerpo como modo de disfrutar del amor.
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| El rayo que no cesa |
Para
concluir, podemos afirmar que Miguel Hernández aporta una visión actualizada
del Canzoniere y pone de manifiesto su
conocimiento de los clásicos, gracias a sus innumerables lecturas, que
combatieron contra su humilde origen y los deseos de su padre.



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