jueves, 9 de mayo de 2019

Relación de la Literatura Romántica con otras manifestaciones artísticas actuales

La balada del viejo marinero, Samuel Taylor Coleridge (1798)

Abajo cayó la brisa, el velamen cayó abajo,
Más triste no podía ser;
Y hablábamos sólo para romper
El silencio del mar.

Todo en un cielo caliente y cobrizo,
El Sol sangriento, a mediodía,
Justo arriba del mástil se paraba,
No más grande que la Luna.

Día tras día, día tras día,
Varados, sin aire ni movimiento.
Tan inerte como un barco pintado
Sobre un océano pintado.

Agua, agua, por todas partes,
Y todas las tablas se achicharraban.
Agua, agua, por todas partes
Ni una sola gota para tomar.

La misma profundidad se pudrió. ¡Oh Dios!
¡Que alguna vez esto fuera posible!
Sí, cosas pegajosas reptaban con patas
Sobre el mar pegajoso.

Alrededor, alrededor, por un lado y por el otro,
Los fuegos de la muerte bailaban a la noche;
El agua, como óleos de una bruja,
Ardía verde, y azul, y blanco.

Y algunos en sueños aseguraban era
Del espíritu que nos plagaba así;
Nueve brazas profundo él nos había seguido
De la tierra de nube y nieve.

Y cada lengua, por tanta sed,
Estaba reseca en la raíz;
No podíamos hablar, no más que si
Nos hubieran asfixiado con hollín.

¡Ah! ¡Bueno el día! ¡Qué malditas miradas
Tuve yo de viejos y jóvenes!
En lugar de la cruz, el Albatros
Alrededor de mi cuello colgaba.
Traducción del inglés de Karina Macció

La balada del viejo marinero (The Rime of the Ancient Mariner) es un poema escrito en 1798 por Samuel Taylor Coleridge, uno de los fundadores del Romanticismo inglés junto con su amigo William Wordsworth. Entre sus composiciones más conocidas se encuentran, además de esta, Kublai Khan, inspirada en el emperador mongol del mismo nombre, y su obra en prosa Biographia Literaria. Forma parte de los lakistas, autores asentados en el Distrito de los Lagos, al noroeste del país. Aunque no constituyeron una corriente de pensamiento propiamente dicha, estos poetas compartieron su fascinación por la Naturaleza, especialmente por los encantos de la región en la que vivían.
En la obra, un anciano demacrado aborda a un hombre que se dirige a una boda y le pide que escuche la historia de su periplo. La nave en que viajaba zarpó con viento a favor, pero al poco se desató una tormenta, que la arrastró hasta las costas de la Antártida. Los marineros divisaron un albatros, augurio de buena suerte. No obstante, el protagonista, sin motivo aparente, lo abatió con su ballesta. Sus supersticiosos compañeros, después de varias jornadas a la deriva, lo obligaron cargar el ave al cuello en señal de culpabilidad. Posteriormente, el barco se encontró con la Muerte y la Vida en Muerte, que rifaron a los dados su poder sobre la tripulación. El segundo espíritu se apropió del alma del viejo marinero, mientras que todos sus camaradas fallecieron, lo que le hizo cambiar de actitud. A partir de entonces, comenzó a bendecir a las criaturas marinas que hallaba en su camino. Finalmente, otra nave lo rescató. Un ermitaño le impuso como penitencia narrar su aventura a toda persona con que se cruzara.
En la localidad inglesa de Watchet, perteneciente al condado de Somerset, se ubica una estatua de este personaje. Obra del escultor escocés Alan B. Herriot, se inauguró en septiembre de 2003 como homenaje a Coleridge. El escritor, de hecho, residía en el pueblo de Nether Stowey, a unas 10 millas de distancia. En 1797, durante un paseo por la costa, visitó Watchet. Se cree que la contemplación del puerto le inspiró para componer su famoso poema.
El monumento, realizado en bronce, representa a un marinero escuálido y con el gesto abatido. De su cuello cuelga el cadáver de un ave. Su ala se extiende hasta el pie izquierdo del hombre. El conjunto transmite a la perfección la intención del texto: plasmar las consecuencias de desafiar a la Naturaleza, cuyo carácter es, sin embargo, por lo común ingenuo y pacífico, rasgos que personifica el albatros.
Ilustración de Gustave Doré para La balada del viejo marinero
Estatua del personaje en Watchet, Inglaterra

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