La balada del viejo marinero, Samuel Taylor
Coleridge (1798)
Abajo
cayó la brisa, el velamen cayó abajo,
Más
triste no podía ser;
Y
hablábamos sólo para romper
El
silencio del mar.
Todo
en un cielo caliente y cobrizo,
El
Sol sangriento, a mediodía,
Justo
arriba del mástil se paraba,
No
más grande que la Luna.
Día
tras día, día tras día,
Varados,
sin aire ni movimiento.
Tan
inerte como un barco pintado
Sobre
un océano pintado.
Agua,
agua, por todas partes,
Y
todas las tablas se achicharraban.
Agua,
agua, por todas partes
Ni
una sola gota para tomar.
La
misma profundidad se pudrió. ¡Oh Dios!
¡Que
alguna vez esto fuera posible!
Sí,
cosas pegajosas reptaban con patas
Sobre
el mar pegajoso.
Alrededor,
alrededor, por un lado y por el otro,
Los
fuegos de la muerte bailaban a la noche;
El
agua, como óleos de una bruja,
Ardía
verde, y azul, y blanco.
Y
algunos en sueños aseguraban era
Del
espíritu que nos plagaba así;
Nueve
brazas profundo él nos había seguido
De
la tierra de nube y nieve.
Y
cada lengua, por tanta sed,
Estaba
reseca en la raíz;
No
podíamos hablar, no más que si
Nos
hubieran asfixiado con hollín.
¡Ah!
¡Bueno el día! ¡Qué malditas miradas
Tuve
yo de viejos y jóvenes!
En
lugar de la cruz, el Albatros
Alrededor
de mi cuello colgaba.
Traducción
del inglés de Karina Macció
La balada del viejo marinero (The Rime of
the Ancient Mariner) es un
poema escrito en 1798 por Samuel Taylor Coleridge, uno de los fundadores del
Romanticismo inglés junto con su amigo William Wordsworth. Entre sus composiciones
más conocidas se encuentran, además de esta, Kublai Khan, inspirada en el emperador mongol del mismo nombre, y
su obra en prosa Biographia Literaria.
Forma parte de los lakistas, autores
asentados en el Distrito de los Lagos, al noroeste del país. Aunque no
constituyeron una corriente de pensamiento propiamente dicha, estos poetas compartieron
su fascinación por la Naturaleza, especialmente por los encantos de la región
en la que vivían.
En la obra,
un anciano demacrado aborda a un hombre que se dirige a una boda y le pide que
escuche la historia de su periplo. La nave en que viajaba zarpó con viento a
favor, pero al poco se desató una tormenta, que la arrastró hasta las costas de
la Antártida. Los marineros divisaron un albatros, augurio de buena suerte. No
obstante, el protagonista, sin motivo aparente, lo abatió con su ballesta. Sus supersticiosos
compañeros, después de varias jornadas a la deriva, lo obligaron cargar el ave
al cuello en señal de culpabilidad. Posteriormente, el barco se encontró con la
Muerte y la Vida en Muerte, que rifaron a los dados su poder sobre la
tripulación. El segundo espíritu se apropió del alma del viejo marinero,
mientras que todos sus camaradas fallecieron, lo que le hizo cambiar
de actitud. A partir de entonces, comenzó a bendecir a las criaturas marinas
que hallaba en su camino. Finalmente, otra nave lo rescató. Un ermitaño le
impuso como penitencia narrar su aventura a toda persona con que se cruzara.
En la
localidad inglesa de Watchet, perteneciente al condado de Somerset, se ubica una
estatua de este personaje. Obra del escultor escocés Alan B. Herriot, se
inauguró en septiembre de 2003 como homenaje a Coleridge. El escritor, de
hecho, residía en el pueblo de Nether Stowey, a unas 10 millas de distancia. En
1797, durante un paseo por la costa, visitó Watchet. Se cree que la
contemplación del puerto le inspiró para componer su famoso poema.
El monumento,
realizado en bronce, representa a un marinero escuálido y con el gesto abatido.
De su cuello cuelga el cadáver de un ave. Su ala se extiende hasta el pie
izquierdo del hombre. El conjunto transmite a la perfección la intención del
texto: plasmar las consecuencias de desafiar a la Naturaleza, cuyo carácter es, sin embargo, por
lo común ingenuo y pacífico, rasgos que personifica el albatros.
![]() |
| Ilustración de Gustave Doré para La balada del viejo marinero |
![]() |
| Estatua del personaje en Watchet, Inglaterra |


No hay comentarios:
Publicar un comentario